La palabra aparece cada vez más cuando hablamos de nutrición, actividad física, envejecimiento o bienestar: estrés oxidativo.
Y aunque suele presentarse como algo que debemos “combatir”, la realidad es bastante más interesante. La oxidación forma parte de la vida y de muchos de los procesos que ocurren naturalmente en nuestro organismo. La clave, una vez más, está en el equilibrio.
Primero: ¿qué significa que nuestro organismo se oxide?
Para obtener energía y realizar sus funciones, nuestras células llevan adelante constantemente distintas reacciones químicas. Como parte de esos procesos se generan moléculas conocidas como especies reactivas de oxígeno.
Su nombre puede sonar alarmante, pero no necesariamente lo es.
En cantidades adecuadas, estas moléculas participan de funciones normales del organismo, entre ellas distintos mecanismos de comunicación y regulación celular. Es decir: no se trata de eliminarlas por completo.
Nuestro cuerpo cuenta, además, con sus propios sistemas antioxidantes para mantenerlas bajo control y conservar lo que se conoce como equilibrio redox.
Entonces, ¿qué es el estrés oxidativo?
Podemos imaginar una balanza.
De un lado se encuentran las especies reactivas que se generan naturalmente en nuestro organismo. Del otro, los diferentes sistemas antioxidantes que contribuyen a regularlas.
Cuando esa balanza pierde su equilibrio y la producción de especies reactivas supera la capacidad del organismo para controlarlas, hablamos de estrés oxidativo. Si ese desequilibrio se sostiene, puede favorecer modificaciones o daños en componentes celulares como lípidos, proteínas y ADN.
Por eso, cuando hablamos de antioxidantes, el objetivo no debería pensarse como “eliminar la oxidación”, sino como parte de un sistema mucho más complejo que busca mantener el equilibrio.
Nuestro cuerpo también tiene antioxidantes
Cuando escuchamos esa palabra solemos pensar inmediatamente en frutas, verduras o suplementos. Pero nuestro organismo cuenta con una sofisticada red de defensas antioxidantes propias.
Entre ellas existen enzimas y otras moléculas que trabajan de manera coordinada para regular las especies reactivas y contribuir al equilibrio celular. A estas defensas internas se suman diferentes nutrientes y compuestos que incorporamos a través de la alimentación.
Vitaminas como la C y la E, determinados pigmentos y numerosos compuestos bioactivos presentes en los alimentos son algunos de los antioxidantes más conocidos.
Pero esto también nos lleva a una idea importante: más antioxidantes no significa necesariamente más bienestar.
Una cuestión de equilibrio, no de cantidad
En nutrición es tentador pensar que, si algo es beneficioso, consumir una mayor cantidad debería ser todavía mejor.
El organismo no funciona de esa manera.
Los antioxidantes son diferentes entre sí, actúan mediante distintos mecanismos y su comportamiento depende, entre otras cosas, del compuesto, la cantidad y su biodisponibilidad: es decir, de cuánto puede ser efectivamente absorbido y utilizado por el organismo.
Por eso, una alimentación variada continúa siendo una de las principales formas de incorporar diferentes nutrientes y compuestos antioxidantes. Y cuando se considera una suplementación, debe pensarse dentro de un contexto nutricional más amplio y con acompañamiento profesional.
No se trata de llenar un “depósito” de antioxidantes, sino de comprender que forman parte de una red mucho más compleja.
¿Y qué tiene que ver el paso del tiempo?
El estrés oxidativo es uno de los muchos procesos que la ciencia estudia para comprender mejor los cambios que ocurren en nuestro organismo a lo largo de la vida.
Pero sería simplificar demasiado pensar que existe una relación lineal del tipo “oxidación = envejecimiento” o que incorporar antioxidantes permite detener ese proceso.
El envejecimiento es mucho más complejo y está atravesado por múltiples mecanismos biológicos, además de nuestros hábitos, el ambiente y muchos otros factores.
Por eso, la investigación actual busca comprender cada vez mejor cómo se regula el equilibrio oxidativo, qué ocurre cuando se altera y qué papel pueden tener distintos compuestos dentro de ese sistema.
Un mundo de antioxidantes todavía por investigar
Y ahí aparece un territorio que conocemos muy bien: el océano.
Los ambientes marinos albergan una enorme diversidad de organismos y moléculas bioactivas.
Algunas de ellas presentan propiedades antioxidantes y despiertan un creciente interés científico.
En Promarine, esa curiosidad es parte de nuestro origen: estudiar la biodiversidad marina patagónica, comprender sus compuestos y transformar ese conocimiento en desarrollos biotecnológicos.
Porque cuanto más avanzamos en la investigación, más evidente resulta algo que parece sencillo pero es fundamental: cuando hablamos de bienestar, no se trata de buscar extremos. Se trata de comprender y acompañar el equilibrio.



